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No era insomnio antes de la Revolución Industrial

Vivimos privados de sueño. Después del sexo, tal vez sea el tópico de la vida privada que más pasiones, angustias y ansiedades fomenta. Pero si uno se despierta en mitad de la noche, en lugar de mortificarse con el insomnio, debería alegrarse de tener un ritmo circadiano robusto, capaz de resistir las presiones que el patrón de sueño de la era industrial impuso sobre el género humano.

Hacerlo dos veces cada noche

Los humanos hemos dormido en dos ciclos durante siglos. Tal vez, milenios. El historiador Roger Ekirch ha encontrado más de 500 referencias, en bitácoras, documentos judiciales, libros de medicina y obras literarias, desde la Odisea de Homero hasta Charles Dickens, que hacen referencia a estas dos etapas de la noche.

Las referencias son tan naturales que el sueño bifásico parecía formar parte del saber popular.

Cervantes lo cuenta así en la segunda parte del Quijote, en 1615:

Cumplió don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo; bien al revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados.”

Y en 1840, Charles Dickens lo usa así en Barnaby Rudge:

«Lo sabía, incluso en el horror que lo estremeció a partir de su primer sueño, y se lanzó hacia la ventana para disipar la presencia de algún objeto que, fuera de la habitación, no había sido, por así decirlo, parte de una pesadilla.»

Entre el primero y el segundo sueño

Nuestros antepasados eran muy activos en esa larga hora, que a veces llegaba a dos, entre el primer sueño y el segundo. A menudo se levantaban y, después del descubrimiento de América, los varones solían entregarse al vicio de fumar. Se deshacían de aguas mayores y menores, los esposos conversaban entre sí, los solitarios pensaban en sus sueños y lograban un contacto más directo con la vida del inconsciente, por lo que no necesitaban psicólogos ni diazepam.

Los ricos, en el siglo XV, tenían a mano los libros de horas. Para disfrutar de los maitines y de las laudes, primorosamente ilustradas con miniaturas, les hacía falta luz. Pero aun los más acomodados preferían gastar sus fortunas en algo que no fuese sebo, y las velas escaseaban.

La alternativa era el sexo. Ekirch reproduce en su libro At Day’s Close, Night in Past Times los consejos del manual de un médico francés del siglo XVI a los matrimonios: el mejor momento para la reproducción no es al final de un día ajetreado, sino “después del primer sueño”, cuando las parejas “tendrán más disfrute y lo harán mejor”.

Más luz, dijo Goethe

O esas son sus últimas palabras legendarias. A finales del siglo XVII y con gran frenesí en el XVIII, las ciudades europeas empezaron a iluminarse, también materialmente. Francia fue pionera y empezó con el alumbrado público en Lille. Leipzig, a comienzos del siglo XVIII tenía 100 empleados municipales que se ocupaban del mantenimiento de 700 farolas. La noche perdió su condición de privacidad extrema y la vida nocturna comenzó, lentamente, a ganarle horas al día.

Un espacio ciudadano, la noche, antes reservado a rufianes, putas y asesinos se tornó transitable para los vecinos decentes. Y hasta llegó a ser de buen tono organizar reuniones después de la puesta del sol: las tertulias literarias en las que se tomaba café caliente y bullía la Revolución.

Las ocho horas de sueño

Bajaron desde el norte europeo hasta abarcarlo casi todo, menos Madrid. En 1829, según Ekirch, ya hay registro impreso de los consejos de un médico de familia de Londres que exhorta a los padres a quitar la costumbre de “los dos sueños” a sus niños. Empezaba la era de la máquina y la normalización, y eso incluía la normalización de las costumbres según las necesidades del capital.

Lo que antes abarcaba 14 horas del día de un hombre, debía programarse y condensarse, en nombre de la eficiencia, en solo ocho. Ya no había tiempo de relajarse antes de dormir, ni mucho menos de despertarse a su antojo para practicar el sexo o reflexionar y luego seguir durmiendo. El salto fue tan brusco que, siempre según Ekirch, en 1920 ya no quedaba la más mínima memoria de las noches divididas en dos. Solo la tribu Tiv, en Nigeria, conserva la distinción entre el primer sueño y el segundo. Y tampoco es que lo estén pasando muy bien.

El insomnio, ¿un signo de salud?

Cuando uno se despierta después de dos, tres o cuatro horas y no puede conciliar el sueño, en lugar de tomar ese hipnótico que tampoco arreglará las cosas ni nos hará sentir más descansados cuando suene la alarma, debería pensar que está saludablemente viviendo en los tiempo heroicos de Homero. Que a pesar de las restricciones de la vida moderna, todavía le queda un buen caudal de memoria de la especie, cuando existía el primero y el segundo sueño.

Pero el siglo XXI tal vez esté entre los más conservadores que nos ha tocado vivir y es necesario ajustarse: comer una dieta sana, hacer deportes e ir al gimnasio, dormir de un tirón las nuevas ocho horas canónicas. O, si uno está dispuesto a hacer carrera, conformarse con solo cuatro, como Margaret Thatcher, otra pionera.

Si todos estos datos históricos no han conseguido eliminar el sentimiento de culpabilidad que produce el despertarse en medio de la noche y creer que uno sufre de insomnio asocial, hay libros que prometen hacernos dormir. Y que pueden resultar muy útiles.

 

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Este libro te hará dormir, de Jessami Hibberd y Jo Usmar. Roca Editorial. Barcelona. 2015.