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El arte de leer cuentos como un cuentista

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Minerva Òliba

En su ensayo “Consejos sobre el arte de escribir cuentos”, Roberto Bolaño, después de proponer una lista de lectura exquisita,  termina diciendo que se debe leer a Antón Chéjov y a Raymond Carver porque uno de los dos es el mejor cuentista del siglo XX.  Y como ni siquiera él sabía cuál de los dos se llevaba la palma, no pondré las manos en el fuego. Ya os hemos recomendado a Chéjov. El libro de esta semana es Catedral, de Raymond Carver.

Bolaño también dice que un cuentista debe ser valiente. El arte de leer cuentos no exige menos valentía. La valentía que exige el cuento es como la diferencia entre perderse emocionalmente en la Novena de Beethoven (una novela) y la emoción contenida de escuchar un lied de Hugo Wolf.

Hay cosas en común entre estos dos escritores, tan alejados en estilo, forma, idioma y época. Los dos toman fragmentos casi irrelevantes de la vida de sus personajes y exponen ese fragmento, sin que haya nada que justifique sus actos ni las consecuencias de los mismos, que a veces ni siquiera se manifiestan: la banalidad de nuestra felicidad y de nuestra perdición. Pero si en Chéjov siempre triunfa el perdón y la alegría de estar vivo, en la América profunda de Raymond Carver el cansancio ante ese puzzle que vivimos en un presente incomprensible es sólido y tangible. Como una uña pintada. Como el molde de una dentadura que ya no existe. O como una nevera que pierde el gas freón sin aviso previo y se encharca.

El cuento que da título a este volumen, “Catedral”, es una de las pocas excepciones en la obra de Carver en la que alguna posibilidad de redención —de pasar a un estadio superior de la experiencia sensible— aparece como culminación de estos fragmentos de vidas corrientes y molientes. Y traicionadas por sus propias expectativas.

El arte de leer catedrales

Un hombre espera a un invitado incómodo. Un ciego desconocido, amigo de su mujer. El ciego y la mujer han mantenido una correspondencia grabada en cintas de audio durante 10 años, de la cual solo conoce la existencia.

Cuando el ciego y la mujer llegan de la estación, varias cosas no encajan. Él no lleva bastón, pero lleva barba. Y lo que al marido le parece imperdonable es que no lleva gafas negras, porque le distraen y disgustan esos ojos blanquecinos y estrábicos que se mueven a su aire y sin que intervenga la voluntad de su dueño. Además, fuma, algo que le resulta inexplicable y aberrante porque ¿para qué fuma alguien que no puede ver el humo?

La velada es tensa e incómoda. La mujer se queda dormida, sentada entre el marido y el ciego en el sofá nuevo, después de una comilona. El televisor, también nuevo, termina con las últimas noticias y empieza a pasar un programa británico sobre catedrales. Los dos desconocidos se hacen compañía. Pero, ¿es el ciego capaz de imaginar qué es una catedral, tan diferente de las iglesias americanas? No, le dice. ¿Tendría ganas el marido de contarle cómo son? Sí, tiene ganas, pero fracasa en el intento.

—Lo cierto es —proseguí— que las catedrales no significan nada especial para mí. Nada. Catedrales. Es algo que se ve en televisión a última hora de la noche. Eso es todo.

En el volumen de cuentos anterior a este —De qué hablamos cuando hablamos de amor— la historia habría terminado aquí. Pero Carver les permite a estos desdichados recorrer la milla extra por la cual las catedrales quedan contadas y explicadas. Aunque en un lenguaje no verbal, del que queda excluida la mujer, cuya relación con el ciego había sido siempre hablada.

Y uno siente una modesta alegría. Tal vez porque las alegrías que nos están reservadas en Raymond Carver sean tan huidizas como los ojos que el ciego no puede controlar.

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